Remozan fachadas
Doy las más agradecidas gracias por los trabajos que se llevan a cabo en la calle de mis padres y mis abuelos.

“Nos trae en chin…”. Con esa frase, quizá no muy galana pero sí muy expresiva, me describió un funcionario el ritmo de actividad que ha impuesto a su administración Javier Díaz González, el nuevo y joven alcalde de mi ciudad, Saltillo. “Hasta ocho o nueve acciones de trabajo tenemos cada día en todo el municipio”, completó su descripción el declarante, no en son de queja, sino de orgullo por los beneficios que de esa intensa labor están derivando ya para la comunidad. Asistí este lunes a uno de esos actos. En él se dio el banderazo de salida al programa de embellecimiento de fachadas de la calle de General Cepeda. Acudí a la ceremonia en mi calidad de vecino, pues nací en esa calle, en ella pasé mi infancia y juventud y ahí viví mis primeros tiempos de casado con la amada eterna. El evento se llevó a cabo en la recoleta plazuela que la gente ha llamado siempre “de San Francisco”, pues en uno de sus costados se halla el antiguo templo franciscano, pero cuyo nombre oficial es “Plaza Zaragoza”. A unos pasos de la iglesia se encontraba el puesto de periódicos de Emilio, quien vendía bajo capa las revistas sicalípticas de la época: “Vea”, “Pigalle”, “Vodevil”. Curiosamente “Vea” era dirigida por un poeta, Carlos Rivas Larrauri, autor de aquel lacrimógeno poema, “Por qué me quité del vicio”. Casi enfrente se veía el Seminario Diocesano, al cual algunos papás enviaban a sus hijos, niños aún, porque así en la casa había una boca menos qué alimentar. Al lado estaba el consultorio del doctor Gonzalo Valdés, clínico infalible. Cierto primo mío le contó, apenado, que un amigo suyo había ido a la zona roja y ahí contrajo una enfermedad venérea. A su amigo le daba vergüenza ir a consultarlo, pero ¿podía el doctor, por su intermedio, recetarle alguna medicina? Le contestó el doctor Gonzalo: “A ver, ábrete la bragueta y enséñame a tu amigo”. En la casa vecina moraba el gran músico español don Félix Ruano Micó, citado en el Diccionario Biográfico Porrúa, con su esposa doña Concepción Basilisa Méndez de Ruano. Ahí vivió después con sus hijos una amable, afable y simpática señora, doña Carmen Bonafoux, y cerca de ella las señoritas Zapata, cuya sobrina Elba, bella aficionada al teatro, representó el Tenorio de Zorrilla y “El caballero de Olmedo”, de Lope de Vega. Luego el domicilio de don Hipólito Arizpe, bonísimo señor que poseía el don de encontrar agua en las entrañas más profundas de la tierra. Al lado la Sastrería Morales, y en la esquina la tienda “La Reforma”, de Remigio, solterón que vivía ahí mismo, en la trastienda, con su hermana, célibe también. Más allá, en la acera opuesta, la casa donde dispensaba sus favores una dama alta y altanera, rubia oxigenada, conocida en el barrio como “La emperatriz del catre”. Cuando tenía cliente retiraba el caracol marino que los saltillenses solían poner como adorno en su ventanal. Así el parroquiano recién llegado sabía que debía esperar su turno. Casi enfrente de ese clandestino lupanar vivía Lucita, dulce anciana que gozaba fama de santidad: Se murmuraba que tenía conversaciones con la Virgen. Ya se ve que de todo había en esas casas. Ahora son objeto de remozamiento. Las fachadas recobrarán su belleza original gracias a la obra emprendida por Javier Díaz, quien agradeció el apoyo que en su gestión ha recibido del gobernador Manolo Jiménez Salinas, también muy joven e igualmente dinámico y preocupado por el bien de la comunidad. Doy las más agradecidas gracias por los trabajos que se llevan a cabo en la calle de mis padres y mis abuelos. En mi corazón nunca he salido de ella. FIN.
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