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La comida “chatarra”

Mientras haya quienes vendan y quienes quieran comprar, ambos se las arreglarán para encontrarse. Al salir de la escuela los niños comprarán lo que les gusta, y los vendedores gustarán de que les compren.

. Catón

Antes de degenerar en editorialista fui reportero de periódico. Voy a recordar algo que me sucedió en el desempeño de ese bello y trascendente oficio. Sepan mis cuatro lectores que en la narración aparecen palabras de muy grueso calibre, pero sin ellas el relato sonaría inane y carente de sentido. Va la historia. Una noche estaba yo de guardia cuando entró a la sala de redacción un hombre de condición modesta y me dijo que deseaba poner una queja. Era vendedor callejero de dulces, papitas fritas y otras golosinas, me contó, e iba con su mercancía a colocarse afuera de una escuela a fin de aprovechar la salida de los niños. Ya estaba ahí otro vendedor, a quien le molestaba la competencia que él le hacía. “Y cuando llego me echa indirectas” -se quejó. Le pregunté: “¿Qué clase de indirectas le echa?”. Respondió: “Me dice: ‘¿Ya vienes otra vez, pinch… cab... jodido desgraciado hijo de tu chin… madre?‘”. La prohibición de vender comida chatarra en las escuelas se antoja medida benéfica y plausible. Sucede, sin embargo, que el comercio es como la naturaleza: Si se le cierra la puerta entra por la ventana. Mientras haya quienes vendan y quienes quieran comprar, ambos se las arreglarán para encontrarse. Al salir de la escuela los niños comprarán lo que les gusta, y los vendedores gustarán de que les compren. Ciertamente los alimentos llamados “chatarra” son nocivos para la salud, pero los escolares gustan de ellos, y bien podrían repetir el desafiante verso de la canción ranchera: “Mi gusto es, quién me lo quitará”. Esto no es cosa de prohibición, sino de educación. Una campaña para concientizar tanto a los pequeños consumidores como a sus padres sobre los daños que provoca la comida chatarra dará mejor resultado que ese veto que nadie obedecerá. La mejor incitación para que alguien haga algo es prohibírselo. Pregúntenles si no a Adán y Eva. Don Moneto, dineroso caballero sin esposa ni hijos, estaba en su lecho de enfermo. Con feble voz le preguntó a un sobrino: “¿Hablaste con el médico?”. “Sí” -respondió el interrogado. Volvió a preguntar, ansioso, el tío: “¿Te dio alguna esperanza?”. “Ninguna -respondió el sobrino, triste-. Parece que se va usted a aliviar”. Adonisio, varón joven y apuesto, era un verdadero playboy, un tenorio, un Casanova, un seductor de gran fortuna en su trato con mujeres. No le estorbaba para eso el hecho de ser hombre casado. (“Casado, no capado”, solía decir con cínico machismo). Tenía un amigo llamado Sisebuto, de muy mala suerte con las damas. Le aconsejó Adonisio: “Ve a la calle Magnolia, en el fraccionamiento suburbano Floraleda. Ahí viven muchas señoras cuyos maridos se la pasan trabajando en la ciudad todo el día y parte de la noche, y las descuidan. Ellas salen a entretenerse en su jardín. Si le caes bien a alguna estoy seguro de que te invitará a entrar a su casa a disfrutar un agradable rato”. Siguió el consejo Sisebuto, y sucedió exactamente lo que su amigo le había dicho. Entabló conversación con una dama de atractivas formas que tras un rato de amena charla lo invitó a tomar una copa -ya casi eran las 12 del mediodía-, y luego lo condujo a su recámara. Apenas estaban empezando las acciones cuando llegó de súbito el marido. En la alcoba vio lo que estaba sucediendo, acción cuya naturaleza no dejaba lugar a dudas. Con voz doliente le reprochó a su esposa: “¿Por qué me haces esto, Camalina?”. A continuación se dirigió al sujeto que se estaba refocilando con su mujer, y cambiando de tono le indicó, furioso: “Y a ti, pend…, te dije que fueras a la calle Magnolia. ¡Ésta es la calle Gladiola!”. FIN.

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