El corrido bajacaliforniano como patrimonio nuestro
Es necesario ver, en el corrido popular fronterizo, una función integradora: en las ciudades bajacalifornianas, la música es parte fundamental de los tiempos de ocio y de la vida nocturna, está unida a la diversión de los fines de semana o posterior al horario de trabajo de obreros y profesionistas.

Es necesario ver, en el corrido popular fronterizo, una función integradora: en las ciudades bajacalifornianas, la música es parte fundamental de los tiempos de ocio y de la vida nocturna, está unida a la diversión de los fines de semana o posterior al horario de trabajo de obreros y profesionistas. Pero en las zonas rurales, la música es parte de la dinámica de las labores campesinas. Óscar Sánchez Ramírez en su libro Mi viejo Río Colorado (1999) nos hace ver que la música era, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, un estímulo para las largas jornadas bajo el sol del desierto, cuando “Después de desayunar, todos los trabajadores iban al Banco de Armas y recogían su herramienta de trabajo; los desmontadores, hacha y pala; los regadores, sólo su pala y emprendían la caminata rumbo a la labor”. Y mientras caminaban rumbo a los campos iban cantando canciones de sus respectivas tierras de origen. Eso les permitía “desempeñar sus labores con gusto. Daba la impresión de que cada día de labor era un día de campo”.
Pero es en las zonas rurales de nuestra entidad donde las tragedias cotidianas adquieren resonancia épica y los acontecimientos cimbran a toda una comunidad que se halla entrelazada por vínculos familiares o de trabajo. Raúl Orozco nos da dos ejemplos del uso del corrido rural en su libro Entre el ferrocarril y el Colorado (1995), donde los viejos habitantes de poblados como Kilómetro 57 y Estación Coahuila, en el valle de Mexicali, cuentan y cantan sus historias más íntimas y dolorosas como una forma de expiación, como un consuelo. Así sucede con el corrido “24 de febrero”, letra de Rafael Rentería y música de Belén Ríos, que de testimonio de la tragedia escolar de 1959 en Estación Coahuila, en un teatro que se derrumbó cuando estaban cantando los niños de la escuela: “Como cuatrocientas almas/fueron las que presenciaron/aquel trance tan pesado,/que muchos se desmayaron./Los padres lloraban,/las madres con más razón,/de ver sus hijos queridos/debajo de un paredón./La gente se aglomeró/gritando: ¡Hijitos queridos!/Empezaron a sacar/desmayados, muertos y heridos”.
El otro corrido fue escrito por Isabel Cruz Félix, conocido en el valle de Mexicali como el “Trovador del pueblo” y quien ha dique cho que los temas nacen de las noticias que le ofrecen su propia comunidad. En este corrido sin nombre, escrito ya en los años setenta, se observan los problemas de inseguridad que van a marcar a Baja California desde entonces: “Una niña de doce años/de allí desapareció./A los tres días de perdida/la policía la encontró;/el cuerpo estaba sin vida/tirado en un callejón”. Como se ve, el corrido es la caja de resonancia de las tragedias y calamidades sufridas por la comunidad que es testigo y protagonista de las mismas.
El corrido es, sin duda, un género musical cuya influencia social se debe a su accesibilidad, a que maneja temas contemporáneos, problemas sociales que le interesan a la gente. Álvaro Custodio en El corrido popular mexicano (1985) lo llama una “gacetilla poética que, al igual que el romance, refleja, con una ingenua melodía como ritmo y un espíritu crítico como fondo, los sucesos de un período histórico cargado casi siempre de violencia”. Esta función testimonial, de dejar un testimonio fehaciente de su propia época, es lo que lo hace una creación tan poderosa, que mantiene su vigencia como conciencia social en nuestro país en general y en nuestro estado en particular. Punto de cruce de la historia y de la crónica periodística en versos sentidos, en ritmo de alegría o de dolor.
El corrido es un género musical que nos sigue cantando nuestras verdades, que no nos permite dejar en el pasado la vida comunitaria de una sociedad fronteriza. Suma de encantos y promesas, de trabajo y anhelos, donde cada quien canta las vivencias de una época, los personajes que son representantes de la tierra en que vivimos, de la familia de la que venimos, de la población que somos. Por eso podemos afirmar que el corrido es una expresión de nuestros sentires colectivos, una fórmula musical hecha para contarnos unos a otros los sucesos que nos asombran, que nos inquietan, que nos hieren. Y por lo mismo, debemos darle su lugar dentro de la cultura bajacaliforniana, de las artes que nos expresan de cuerpo entero. Es, sin duda, un patrimonio que ofrecemos al mundo desde la propia experiencia de vivir en plena frontera norte. Esa experiencia, literaria y musical, que a todos pertenece.
- *- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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